
“Anna encendió la vela más tarde que nunca aquel diciembre. La había guardado durante meses en un cajón, como si fuera una pequeña promesa que aún no sabía si tenía ganas de cumplir. El año no había sido generoso: demasiadas decisiones difíciles y demasiadas horas sin tiempo. Cenó sola, con la radio murmurando villancicos conocidos y un plato que no le despertaba ninguna emoción. Cuando apagó la luz del comedor, solo quedó la llama de la vela bailando sobre la mesa. La luz le recordó aquel lugar frente al mar donde siempre había conseguido respirar de otra manera. Hacía meses que no pensaba en él. Hacía años que no regresaba.
Sumus — murmuró, casi sin voz. Abrió una libreta y en la primera página escribió una sola palabra: Volver. No añadió fechas. Ni planes. Solo aquella palabra. Aquella noche no pidió milagros. Solo una cosa sencilla: que el año nuevo le devolviera la calma.

Al despertarse al día siguiente, el café olía a normalidad. Y, por primera vez en mucho tiempo, aquello le pareció maravilloso. En la bandeja de entrada del correo había un mensaje antiguo que nunca había abierto.
Decía: “Vuelve a donde fuiste feliz.”
Anna sonrió. No lo interpretó como un destino. Ni como una obligación. Abrió la ventana, dejó entrar el aire frío y respiró profundamente. No reservó nada. No prometió nada. Pero sintió algo nuevo, inesperado: ganas, y eso, aquella Navidad, ya era mucho.”
La Navidad es ese momento extraño del año en el que todo parece ir más rápido, pero por dentro, a menudo, nos sentimos cansados. Es tiempo de balances, de recuerdos que regresan y de silencios que pesan. Hay lugares que no solo se visitan, se recuerdan.